Escuela dimisionaria

Lo peor que puede sucederle a cualquier organización escolar es ir a remolque de modas y tendencias, como, por desgracia, le sucede a la española en los últimos 40 años.

Si la política educativa tiene que basarse en lo que demandan a cada momento unas organizaciones -escasamente representativas, por otra parte-, a las que los medios de comunicación acostumbran erróneamente a identificar como «las familias», o si tiene que formularse atribuyendo a los planteamientos de sindicatos de docentes la encarnación de lo que piensa la mayoría de estos, entonces, pobres de nuestros escolares.

La actual moda -y no hay consejero de educación en España que no sucumba a la tentación de intentar contentar al adversario político en detrimento de los intereses de los votantes que le han puesto en el cargo- consiste en demonizar las pantallas electrónicas de teléfonos móviles y tabletas. Tras unos años en que lo guay era dotar a los centros de toda clase de instrumentos digitales, ahora parece que el fracaso escolar es culpa de estos. Con lo fácil que lo teníamos para arreglar nuestros problemas educativos, si bastaba con haber conservado los libros de toda la vida y mantenido a los chavales lejos del alcance de los demoníacos dispositivos. Me pregunto, sin embargo, por qué obteníamos los mismos índices de fracaso escolar antes de la aparición de los smartphones. Si alguien sabe la respuesta, ansioso la espero.

Por supuesto, la medida prohibicionista se presenta como «consensuada» con toda la comunidad escolar, lo cual es falso.

Los responsables de educación -y Balears no es, en este caso, una excepción- han optado por la medida más fácil, populista y profundamente intervencionista, lo cual es sorprendente cuando el planteamiento parte de formaciones políticas que se definen como supuestamente liberales. A paseo la autonomía pedagógica, la organizativa y el derecho a definir una oferta educativa singular. Llevamos casi veinte años llenándonos la boca con estos conceptos, y quienes los han de amparar y proteger no creen en ellos. Todas las escuelas iguales, como en Cuba.

El planteamiento facilón es que los chavales pasan muchas horas ante las pantallas y, por supuesto, de eso tiene la culpa la escuela (¿?). Es decir, mientras la actual estructura -o desestructura- familiar fomenta que los menores estén todo el día colgados del móvil -basta observar reuniones familiares, mesas de restaurantes, etc.-, sin control alguno de contenidos -porno, violencia, fake news, pseudociencia-, ni de límites temporales, resulta que en la escuela, en lugar de enseñarles a hacer un uso adecuado, útil y responsable de estas increíbles ventanas al conocimiento, para que los jóvenes valoren las posibilidades reales de, por ejemplo, la IA, hemos de dimitir de ello y prohibir su uso, sin siquiera dejar un resquicio a lo que cada claustro o titular decida sobre su modelo educativo, salvo eso que vergonzantemente se denominan como supuestos excepcionales.

La administración educativa pone puertas al campo para quitarse el problema de encima de tener que formar a los docentes en una competencia digital que, hoy por hoy, está por debajo de la de sus alumnos y porque las «familias» le han pedido que ponga los límites que ellas no quieren poner en casa.

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